Longitude, la apasionante historia de cómo aprendimos a navegar sin perdernos en altamar

Longitude por Dava SobelAunque ahora lo damos por hecho gracias a sistemas como el GPS durante la mayor parte de nuestra historia como exploradores no dispusimos de una forma fiable de calcular la longitud de un lugar, cuán al este o al oeste de otro punto de referencia se encuentra.

Esto hacía que cualquier parecido de los mapas con la realidad fuera casi una casualidad, al menos en lo que se refiere a la posición de tierras lejanas, pues cualquier estimación de la distancia entre un punto de la costa de las Américas y la costa de Europa, por ejemplo, era tirando a poco fiable.

Pero era un problema mucho más serio en el mar, pues en ausencia de alguna referencia que les permitiera calcularlo la tripulación de un barco no tenía forma segura de saber si estaban más o menos cerca de la costa y tenían que fiarse de estimaciones hechas según la fuerza de los vientos reinantes y las corrientes, lo que costó muchas vidas a lo largo de la historia.

El 2 de noviembre de 1707 una flota de barcos de guerra británicos se aproximaba a Portsmouth, su destino. Pero tras doce días de mal tiempo la estimación de su posición resultó ser desastrosamente errónea. Creían estar unos kilómetros al oeste de Ouessant y listos para entrar en el canal de La Mancha pero en realidad resultaron estar al oeste de las islas Sorlingas, donde encallaron cuatro de los barcos mientras navegaban en direccion este, lo que provocó la muerte de entre 1.500 y 2.000 marineros

Con el tiempo se ha llegado a considerar que el accidente fue más por un error en determinar la latitud –cuan al norte estaban, pues las Sorlingas están más al norte que Ouessant– que por un error en la longitud. Pero el desastre de las Sorlingas sirvió para que en Inglaterra se estableciera en 1714 la Junta de Longitud.

[Ojo que los enlaces que vienen a partir de aquí, salvo el del libro, pueden llevarte a espoileres]

El objetivo de la Junta de Longitud era el de incentivar la investigación de un método o dispositivo que permitiera calcular con precisión la longitud. Para ello se establecieron tres premios principales, uno de 10.000 para un método que permitiera calcular la longitud con un error menor de 1 º, lo que equivale a 60 millas naúticas (111 km) en el Ecuador; otro de 15.000 por determinarla con un error menor de 2/3 ° o 40 millas náuticas (74 km); y un gran premio de 20.000 libras para el que permitiera su determinación con un error menor de 0,5 º o 30 millas náuticas (56 km). La Junta también podía financiar investigaciones en aquellos métodos que le parecieran prometedores.

La latitud, al contrario que la longitud, es fácil de establecer a partir de la altura del Sol al mediodía y buscando el dato de la latitud en unas tablas publicadas a tal efecto; también se puede obtener mediante la posición de algunos astros por la noche, también en función de su altura. Y en realidad la hora local del mediodía sirve también para calcular la longitud con sólo saber qué hora es en un punto de referencia determinado: como la Tierra da una vuelta sobre sí misma cada 24 horas cada hora de diferencia entre el mediodía local y el de referencia supone una diferencia de longitud de 15º.

Pero el problema es que cuando se estableció la Junta de Longitud no existía ningún reloj capaz de mantener la hora con la precisión suficiente una vez subido en un barco como para que permitiera calcular nada. Las oscilaciones del barco, los cambios de temperatura y humedad, la salinidad… todo conspiraba para que no se pudiera aplicar un método aparentemente tan sencillo.

En aquel entonces ya se estaba utilizando un método, propuesto por Galileo, para determinar con fiabilidad la longitud, aunque era bastante más complejo. Consistía en observar las lunas galileanas y ver a qué hora aparecían o desaparecían. Tras años de cuidadosas observaciones existían tablas que indicaban en qué momento se tenían que ocultar o aparecer, y sabiendo a qué hora local sucedía esto comparada con la hora que decían las tablas, que hacían referencia a la hora de las apariciones en un punto de referencia, se podía establecer la longitud. Y de hecho este método estaba sirviendo para redefinir los mapas mediante observaciones hechas en tierra firme. Pero era prácticamente imposible de utilizar en un barco porque en la cubierta en movimiento de uno era casi imposible llevar a cabo las observaciones necesarias con la suficiente precisión.

Otro método que se estaba intentando desarrollar era el de las distancias lunares, con el que midiendo la distancia entre la Luna y ciertas estrellas, de nuevo publicada en tablas, se puede establecer la longitud por la diferencia horaria entre lo previsto por las tablas y lo observado. Este método, de todas formas, requería en sus primeras versiones unas cuatro horas de cálculos, necesarios para compensar algunos errores inherentes en este tipo de observaciones.

Así que cuando en 1736 el relojero John Harrison presentó a la Junta el H1, un cronómetro marino que él decía capaz de mantenerse en funcionamiento con la precisión necesaria, asombró a propios y extraños, entre otras cosas porque Harrison era autodidacta y nunca había trabajado con ningún relojero reconocido. Y si lo que decía Harrison era verdad, a partir de entonces bastaría con echar un vistazo al cronómetro al mediodía para saber con toda exactitud la longitud a la que estaba el barco.

La primera reunión de la Junta, de hecho, se llevó a cabo después de que Harrison les hiciera llegar información acerca de su cronómetro. Y las primeras pruebas dieron resultados que corroboraban sus afirmaciones. Aunque pronto se dio de bruces con el hecho de que algunos de los miembros de la Junta eran astrónomos que no querían creer que un dispositivo mecánico pudiera ser más preciso que la mecánica celeste. Así que empezaron a ponerle reparos al cronómetro de Harrison y, sin ningún tipo de empacho, hasta a cambiar las reglas sobre la marcha.

Tampoco ayudó que Harrison era extremadamente perfeccionista y que él mismo pidió a la Junta tiempo para trabajar en una versión mejorada del cronómetro, el H2. Y luego en el H3. Y más tarde en el H4. Harrison tardó cinco años en construir el H1, tres en construir el H2, diecisiete en construir el H3 y otros seis más en construir el H4.

Longitude, de Dava Sobel, cuenta esta historia de desafíos técnicos e intrigas palaciegas de una forma realmente entretenida, de tal forma que cuando lo empiezas cuesta dejarlo porque necesitas saber si a John Harrison le dan las 20.000 libras o no, y porque deseas ver cual es la siguiente maldad que sus enemigos inventan para dificultarle las cosas.

Son 200 páginas de libro que se van en nada y que además en la versión Kindle está muy barato. Eso sí, no enlazo la versión en español en formato árboles muertos porque está descatalogada y los ejemplares que aparecen están a precios descabellados.

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