Carl Sagan, COSMOS, Ebook

Les dejo el libro en formato pdf y tambien se los copie y pegue directamente en la pagina (sin las imagenes) de esta forma lo podran “hojear” sin necesidad de bajar el archivo y ver si les interesa, luego con el pdf podran decidir si comprar o no el libro.

Personalmente no soy fanatico de los ebooks, pero siempre que los baje me ayudaron a decidir si comprarlos o no a los libros completos.

– Como siempre digo – Si hay alguna queja sobre la subida de este libro, que me parece que deberia ser completamente publico para decidir si comprarlo o no, y en especial un libro de divulgacion cientifica como este deberia ser completamente abierto a todo el publico.

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CARL SAGAN — COSMOS.
Introducción.
Llegará una época en la que una investigación diligente y prolongada sacará a la
luz cosas que hoy están ocultas. La vida de una sola persona, aunque estuviera
toda ella dedicada al cielo, sería insuficiente para investigar una materia tan
vasta… Por lo tanto este conocimiento sólo se podrá desarrollar a lo largo de
sucesivas edades. Llegará una época en la que nuestros descendientes se
asombrarán de que ignoráramos cosas que para ellos son tan claras… Muchos
son los descubrimientos reservados para las épocas futuras, cuando se haya
borrado el recuerdo de nosotros. Nuestro universo sería una cosa muy limitada
si no ofreciera a cada época algo que investigar… La naturaleza no revela sus
misterios de una vez para siempre.
SÉNECA, Cuestiones naturales,
libro 7, siglo primero
En los tiempos antiguos, en el lenguaje y las costumbres de cada día, los
sucesos más mundanos estaban conectados con los acontecimientos de mayor
trascendencia cósmica. Un ejemplo encantador de ello es el conjuro contra el
gusano al cual los asirios del año 1000 a. de C. atribuían el dolor de muelas. Se
inicia con el origen del universo y acaba con un remedio para el dolor de muelas:
Después de que Anu hubiera creado el cielo,
y de que el cielo hubiera creado la tierra,
y de que la tierra hubiera creado los ríos,
y de que los ríos hubieran creado los canales,
y de que los canales hubieran creado el cenagal,
y de que el cenagal hubiera creado el gusano,
el gusano se presentó llorando ante Shamash, derramando sus lágrimas ante
Ea:
¿Qué vas a darme para que pueda comer? ¿Qué vas a darme para que pueda
beber? Te daré el higo seco y el albaricoque.
¿De qué me van a servir un higo seco y un albaricoque?
Levántame, y entre los dientes
Y las encías permíteme que resida… Por haber dicho esto, oh gusano, que
Ea te castigue con el poder de su mano
(Conjuro contra el dolor de muelas.)
Tratamiento: Has de mezclar cerveza de segundo grado… y aceite; has de
recitar tres veces el conjuro sobre la medicina y aplicarla luego sobre el diente.
Nuestros antepasados estaban muy ansiosos por comprender el mundo, pero no
habían dado todavía con el método adecuado. Imaginaban un mundo pequeño,
pintoresco y ordenado donde las fuerzas dominantes eran dioses como Anu, Ea
y Shamash. En este universo las personas jugaban un papel importante, aunque
no central. Estábamos ligados íntimamente con el resto de la Naturaleza. El
tratamiento del dolor de muelas con cerveza de segunda calidad iba unido a los
misterios cosmológicos más profundos.
Actualmente hemos descubierto una manera eficaz y elegante de comprender el
universo: un método llamado ciencia. Este método nos ha revelado un universo
tan antiguo y vasto que a primera vista los asuntos humanos parecen de poco
peso. Nos hemos ido alejando cada vez más del Cosmos, hasta parecernos algo
remoto y sin consecuencias importantes para nuestras preocupaciones de cada
día. Pero la ciencia no sólo ha descubierto que el universo tiene una grandeza
que inspira vértigo y éxtasis, una grandeza accesible a la comprensión humana,
sino también que nosotros formamos parte, en un sentido real y profundo, de
este Cosmos, que nacimos de él y que nuestro destino depende íntimamente de
él. Los acontecimientos humanos más básicos y las cosas más triviales están
conectadas con el universo y sus orígenes. Este libro está dedicado a la
exploración de estas perspectivas cósmicas.
En la primavera y otoño de 1976 yo formaba parte del equipo de imagen en
vuelo del vehículo de aterrizaje Viking, y me dedicaba junto con cientos de
científicos colegas a la exploración del planeta Marte. Por primera vez en la
historia humana habíamos hecho aterrizar dos vehículos espaciales en la
superficie de otro mundo. Los resultados, descritos de modo más completo en
el capítulo 5, fueron espectaculares, y el significado histórico de la misión quedó
claro para todos. Sin embargo, el público en general apenas sabía nada de estos
grandes acontecimientos. La prensa en su mayoría no les prestaba atención; la
televisión ignoró la misión casi por completo. Cuando se tuvo la seguridad de
que no se obtendría una respuesta definitiva sobre la posible existencia de vida
en Marte, el interés disminuyó todavía más. La ambigüedad se toleraba muy
poco. Cuando descubrimos que el cielo de Marte presentaba un color amarillo
rosado en lugar del azul que se le había atribuido al principio, equivocadamente,
el anuncio fue recibido por un coro de joviales silbidos por parte de los
periodistas reunidos: querían que incluso en este aspecto Marte se pareciera a la
Tierra. Creían que su público se desinteresaría paulatinamente de Marte a
medida que el planeta resultase cada vez más distinto de la Tierra. Y sin
embargo, los paisajes de Marte son impresionantes, las vistas conseguidas
imponentes. Yo sabía positivamente, por experiencia propia, que existe un
enorme interés global por la exploración de los planetas y por muchos temas
científicos relacionados con ella: el origen de la vida, la Tierra y el Cosmos, la
búsqueda de inteligencias extraterrestres, nuestra conexión con el universo. Y
estaba seguro que se podía estimular este interés a través del medio de
comunicación más poderoso, la televisión.
Compartía mi opinión B. Gentry Lee, el director de análisis de datos y
planificación de la misión Viking, hombre de extraordinarias capacidades
organizativas. Decidimos, como una apuesta, enfrentarnos con el problema
nosotros mismos. Lee propuso que formáramos una compañía productora
dedicada a la difusión de la ciencia de un modo atractivo y accesible. En los
meses siguientes nos propusieron un cierto número de proyectos. Pero el
proyecto más interesante fue el propuesto por KCET, la rama del Servicio Público
de Radiodifusión en Los Angeles. Aceptamos finalmente producir de modo
conjunto una serie de televisión en trece episodios orientada hacia la astronomía
pero con una perspectiva humana muy amplia. Su destinatario sería un público
popular, tenía que producir impacto desde el punto de vista visual y musical y
tenía que afectar al corazón tanto como a la mente. Hablamos con guionistas,
contratamos un productor ejecutivo y nos vimos embarcados en un proyecto de
tres años llamado Cosmos. En el momento de escribir estas líneas, el programa
tiene un público espectador en todo el mundo estimado en 140 millones de
personas, es decir el tres por ciento de la población humana del planeta Tierra.
Su lema es que el público es mucho más inteligente de lo que se suele suponer;
que las cuestiones científicas más profundas sobre la naturaleza y el origen del
mundo excitan los intereses y las pasiones de un número enorme de personas.
La época actual es una encrucijada histórica para nuestra civilización y quizás
para nuestra especie. Sea cual fuere el camino que sigamos, nuestro destino
está ligado indisolublemente a la ciencia. Es esencial para nuestra simple
supervivencia que comprendamos la ciencia. Además la ciencia es una delicia;
la evolución nos ha hecho de modo tal que el hecho de comprender nos da
placer porque quien comprende tiene posibilidades mayores de sobrevivir. La
serie de televisión Cosmos y este libro son un intento ilusionado para difundir
algunas de las ideas, métodos y alegrías de la ciencia.
Esta obra y la serie televisiva evolucionaron conjuntamente. En cierto modo
cada una se basa en la otra. Muchas ilustraciones de este libro se basan en los
impresionantes montajes visuales preparados para la serie televisiva. Pero los
libros y las series televisivas tienen unos públicos algo diferentes y permiten
enfoques distintos. Una de las grandes virtudes de un libro es que permite al
lector volver repetidamente a los pasajes oscuros o difíciles; esta posibilidad no
se ha hecho real en la televisión hasta hace poco con el desarrollo de la
tecnología de los discos y las cintas de vídeo. El autor, al elegir el alcance y
profundidad de sus temas, dispone de mucha mayor libertad cuando escribe un
capítulo de un libro que cuando elabora los cincuenta y ocho minutos con treinta
segundos, dignos de Procusto, de un programa de televisión no comercial. Este
libro trata muchos temas con mayor profundidad que la serie de televisión. Hay
temas discutidos en el libro que no se tratan en la serie televisiva y viceversa.
Cuando escribía estas líneas no era seguro que sobreviviera a los rigores del
montaje televisivo la serie de dibujos basados en Tenniel de Alicia y sus amigos
en ambientes de alta y baja gravedad. Me encanta haber podido acoger aquí
estas preciosas ilustraciones del artista, Brown, y la discusión que las
acompaña. En cambio no aparecen aquí representaciones explícitas del
calendario cósmico, que aparece en la serie televisiva, en parte porque el
calendario cósmico se discute ya en mi obra los dragones del Edén; tampoco he
querido tratar aquí muy detalladamente la vida de Robert Goddard, porque le
dediqué un capítulo en El cerebro de Broca. Pero cada episodio de la serie
televisiva sigue con bastante fidelidad el correspondiente capítulo de esta obra; y
me gusta imaginar que el placer proporcionado por una obra aumentará gracias a
las referencias que da sobre la otra.En algunos casos y por razones de claridad he presentado una idea más de una
vez: al principio de modo superficial y luego con mayor profundidad en
sucesivas ocasiones. Esto sucede por ejemplo con la introducción a los objetos
cósmicos del capítulo 1, que luego son examinados de modo más detallado; o en
la discusión de las mutaciones, las enzimas y los ácidos nucleicos del capítulo 2.
En unos pocos casos los conceptos se han presentado sin tener en cuenta el
orden histórico. Por ejemplo, las ideas de los antiguos científicos griegos
aparecen en el capítulo 7, bastante después de la discusión de Johannes Kepler
en el capítulo 3: Pero creo que la mejor manera de apreciar a los griegos es ver
primero lo que estuvieron en un tris de conseguir.
La ciencia es inseparable del resto de la aventura humana y por lo tanto no
puede discutirse sin entrar en contacto, a veces de pasada, otras veces en un
choque frontal, con un cierto número de cuestiones sociales, políticas, religiosas
y filosóficas. La dedicación mundial a las actividades militares llega a
introducirse incluso en la filmación de una serie televisiva dedicada a la ciencia.
Cuando simulábamos la exploración de Marte en el desierto de Mohave con una
versión a escala real del vehículo de aterrizaje Viking, continuamente nos
veíamos interrumpidos por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que llevaba a
cabo vuelos de bombardeo en el cercano campo de pruebas. En Alejandría,
Egipto, cada mañana de nueve a once nuestro hotel se convertía en el objetivo de
prácticas de hostigamiento de la Fuerza Aérea egipcia. En Samos, Grecia, hasta
el último momento no nos dieron permiso para filmar en ningún punto de la isla,
debido a unas maniobras de la OTAN y a la construcción bajo tierra y en laderas
de montañas de unas madrigueras destinadas claramente a emplazamientos de
artillería y tanques. En Checoslovaquia la utilización de walkie talkies para
organizar el apoyo logística en la filmación de una carretera rural atrajo la
atención de un caza de la Fuerza Aérea checa que se puso a dar vueltas sobre
nosotros hasta que pudimos convencerle en checo de que no estábamos
perpetrando nada que amenazara la seguridad nacional. En Grecia, Egipto y
Checoslovaquia nuestros equipos de filmación iban acompañados en todas
partes por agentes del aparato estatal de seguridad. Unas gestiones
preliminares para filmar en Kaluga, URSS, e incluir unas secuencias en proyecto
sobre la vida de un pionero ruso de la astronáutica, Konstantin Tsiolkovsky,
toparon con una negativa: después descubrimos que se iban a celebrar allí unos
juicios contra disidentes. Nuestros equipos de filmación fueron tratados con
mucha amabilidad en todos los países que visitamos; pero la presencia militar
global, el temor en el corazón de las naciones, era omnipresente. Esta
experiencia confirmó mi decisión de tratar las cuestiones sociales que fueran
relevantes, tanto en la serie como en el libro.
La esencia de la ciencia es que se autocorrige. Nuevos resultados
experimentales y nuevas ideas están resolviendo continuamente viejos misterios.
Por ejemplo en el capítulo 9 hablamos de que el Sol parece estar generando un
número demasiado pequeño de neutrinos, unas partículas muy difíciles de
captar. Allí se repasan algunas de las explicaciones propuestas. En el capítulo
10 nos preguntamos si hay materia suficiente en el universo para que llegue a
detener en algún momento la recesión de las galaxias distantes, y si el universo
es infinitamente viejo y por lo tanto increado. Los experimentos de Frederick
Reines de la Universidad de California, pueden haber echado desde entonces
algo de luz sobre estas cuestiones; este investigador cree haber descubierto: a)
que los neutrinos existen en tres estados distintos, de los cuales sólo uno podía
detectarse con los telescopios de
neutrinos que estudian el Sol; y b) que los neutrinos al contrario que la luz
poseen masa, de modo que la gravedad de todos los neutrinos en el espacio
puede contribuir a cerrar el Cosmos y a impedir que se expanda indefinidamente.
Futuros experimentos dirán si estas ideas son correctas. Pero son ideas que
ilustran el replanteamiento continuo y vigoroso a que se somete la sabiduría
transmitida y que es un elemento fundamental de la vida científica.
Es imposible en un proyecto de esta magnitud dar las gracias a todos los que
han contribuido a él. Sin embargo me gustaría expresar una gratitud especial a
B. Gentry Lee; al personal de producción de Cosmos, entre ellos los productores
principales Geoffrey Haines Stiles y David Kennard y el productor ejecutivo
Adrian Malone; a los artistas Jon Lomberg (quien jugó un papel clave en el
diseño original y en la organización de los montajes visuales de Cosmos), John
Allison, Adolf Schaller, Rick Stembach, Don Davis, Brown y Anne Norcia; a los
consejeros Donald Goidsmith, Owen Gingerich, Paul Fox y Diane Ackerrnan, a
Cameron Beck; a la dirección de KCET, especialmente Greg Adorfer, que nos
presentó por primera vez la propuesta de KCET, Chuck Allen, William Lamb, y
James Loper; y a los subguionistas y coproductores de la serie televisiva
Cosmos, incluyendo a la Atlantic Richfield Company, la Corporación para la
Radiodifusión Pública, las Fundaciones Arthur Vining Davis, la Fundación Alfred
P. Sloan, la British Broadeasting Corporation, y Polytel International. Al final de
la obra se dan los nombres de otros colaboradores que ayudaron a esclarecer
cuestiones de detalle o de enfoque. Sin embargo, como es lógico la
responsabilidad final del contenido del libro recae sobre mí. Doy las gracias al
personal de Random House, especialmente a la encargada de la edición de mi
obra, Anne Freedgood, y al diseñador del libro, Robert Aulicino, por su experta
colaboración y por la paciencia que demostraron cuando las fechas límite para la
serie televisiva y para el libro parecía que entraban en conflicto. Tengo una
deuda especial de gratitud para con Shirley Arden, mi ayudante ejecutiva, por
mecanografiar los primeros borradores de este libro y por conducir los
borradores posteriores a través de todas las fases de producción con la alegre
competencia que le caracteriza. Es éste únicamente uno de los muchos motivos
de agradecimiento profundo que el proyecto Cosmos tiene con ella. Me siento
más agradecido de lo que pueda expresar a la administración de la Universidad
de Cornell por concederme una excedencia de dos años que me permitió llevar a
cabo este proyecto, a mis colegas y estudiantes de la Universidad, y a mis
colegas de la NASA, del JPL y del equipo de óptica del Voyager.
El agradecimiento más profundo por la elaboración de Cosmos se lo debo a Ann
Druyan y a Steven Soter, mis coguionistas de la serie televisiva. Contribuyeron
de modo fundamental y repetido a las ideas básicas y a sus conexiones, a la
estructura intelectual general de los episodios, y a la justeza del estilo.
Agradezco mucho sus lecturas intensamente críticas de las primeras versiones
de este libro, sus sugerencias constructivas y creativas para la revisión de
muchos borradores, y sus contribuciones importantes al guión de televisión que
influyeron de muchas maneras en el contenido de este libro. La satisfacción que
me proporcionaron las muchas discusiones sostenidas es una de mis
recompensas principales por el proyecto Cosmos.
Ithaca y Los Ángeles, mayo de 1980.
Capítulo 1.
En la orilla del océano cósmico.
Los primeros hombres creados y formados se llamaron el Brujo de la Risa Fatal,
el Brujo de la Noche, el Descuidado y el Brujo Negro… Estaban dotados de
inteligencia y consiguieron saber todo lo que hay en el mundo. Cuando miraban,
veían al instante todo lo que estaba a su alrededor, y contemplaban
sucesivamente el arco del cielo y el rostro redondo de la tierra… 1 Entonces el
Creador dijo]: Lo saben ya todo… ¿qué vamos a hacer con ellos? Que su vista
alcance sólo a lo que está cerca de ellos, que sólo puedan ver una pequeña parte
del rostro de la tierra… No son por su naturaleza simples criaturas producto de
nuestras manos? ¿Tienen que ser también dioses?
El Popol Vuh de los mayas quiché
¿Has abrazado el conjunto de la tierra ?
¿Por dónde se va a la morada de la luz, y dónde residen las tinieblas ?
Libro de Job
No debo buscar mi dignidad en el espacio, si no en el gobierno de mi
pensamiento. No tendré más aunque posea mundos. Si fuera por el espacio, el
universo me rodearía y se me tragaría como un átomo; pero por el pensamiento
yo abrazo el mundo.
BLAISE PASCAL, Pensées
Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; desde el punto de vista intelectual
estamos en una pequeña isla en medio de un océano ¡limitaba de
inexplicabilidad. Nuestra tarea en cada generación es recuperar algo más de
tierra.
T. H. HUXLEY, 1887
EL COSMOS ES TODO LO QUEESO LO QUE FUE O LO QUE SERÁALGUNA VEZ.
Nuestras contemplaciones más tibias del Cosmos nos conmueven: un escalofrío
recorre nuestro espinazo, la voz se nos quiebra, hay una sensación débil, como
la de un recuerdo lejano, o la de caer desde lo alto. Sabemos que nos estamos
acercando al mayor de los misterios.
El tamaño y la edad del Cosmos superan la comprensión normal del hombre.
Nuestro diminuto hogar planetario está perdido en algún punto entre la
inmensidad y la eternidad. En una perspectiva cósmica la mayoría de las
preocupaciones humanas parecen insignificantes, incluso frívolas. Sin embargo
nuestra especie es joven, curiosa y valiente, y promete mucho. En los últimos
milenios hemos hecho los descubrimientos más asombrosos e inesperados
sobre el Cosmos y el lugar que ocupamos en él; seguir el hilo de estas
exploraciones es realmente estimulante. Nos recuerdan que los hombres han
evolucionado para admirar se de las cosas, que comprender es una alegría, que
el conocimiento es requisito esencial para la supervivencia. Creo que nuestro
futuro depende del grado de comprensión que tengamos del Cosmos en el cual
flotamos como una mota de polvo en el cielo de la mañana.
Estas exploraciones exigieron a la vez escepticismo e imaginación. La
imaginación nos llevará a menudo a mundos que no existieron nunca. Pero sin
ella no podemos llegar a ninguna parte. El escepticismo nos permite distinguir la
fantasía de la realidad, poner a prueba nuestras especulaciones. La riqueza del
Cosmos lo supera todo: riqueza en hechos elegantes, en exquisitas
interrelaciones, en la maquinaria sutil del asombro.
La superficie de la Tierra es la orilla del océano cósmico. Desde ella hemos
aprendido la mayor parte de lo que sabemos. Recientemente nos hemos
adentrado un poco en el mar, vadeando lo suficiente para mojamos los dedos de
los pies, o como máximo para que el agua nos llegara al tobillo. El agua parece
que nos invita a continuar. El océano nos llama. Hay una parte de nuestro ser
conocedora de que nosotros venimos de allí. Deseamos retomar. No creo que
estas aspiraciones sean irreverentes, aunque puedan disgustar a los dioses,
sean cuales fueren los dioses posibles.
Las dimensiones del Cosmos son tan grandes que el recurrir a unidades
familiares de distancia, como metros o kilómetros, que se escogieron por su
utilidad en la Tierra, no serviría de nada. En lugar de ellas medimos la distancia
con la velocidad de la luz. En un segundo un rayo de luz recorre casi 300 000
kilómetros, es decir que da diez veces la vuelta a la Tierra. Podemos decir que el
Sol está a ocho minutos luz de distancia. La luz en un año atraviesa casi diez
billones de kilómetros por el espacio. Esta unidad de longitud, la distancia que
la luz recorre en un año, se llama año luz. No mide tiempo sino distancias,
distancias enormes.
La Tierra es un lugar, pero no es en absoluto el único lugar. No llega a ser ni un
lugar normal. Ningún planeta o estrella o galaxia puede ser normal, porque la
mayor parte del Cosmos está vacía. El único lugar normal es el vacío vasto, frío
y universal, la noche perpetua del espacio intergaláctico, un lugar tan extraño y
desolado que en comparación suya los planetas, y las estrellas y las galaxias se
nos antojan algo dolorosamente raro y precioso. Si nos soltaran al azar dentro
del Cosmos la probabilidad de que nos encontráramos sobre un planeta o cerca
de él sería inferior a una parte entre mil millones de billones de billones’ (1 0 , un
uno seguido de 33 ceros). En la vida diaria una probabilidad así se considera
nula. Los mundos son algo precioso.
Si adoptamos una perspectiva intergaláctica veremos esparcidos como la
espuma marina sobre las ondas del espacio innumerables zarcillos de luz,
débiles y tenues. Son las galaxias. Algunas son viajeras solitarias; la mayoría
habitan en cúmulos comunales, apretadas las unas contra las otras errando
eternamente en la gran oscuridad cósmica. Tenemos ante nosotros el Cosmos a
la escala mayor que conocemos. Estamos en el reino de las nebulosas, a ocho
mil millones de años luz de la Tierra, a medio camino del borde del universo
conocido.
Una galaxia se compone de gas y de polvo y de estrellas, de miles y miles de
millones de estrellas. Cada estrella puede ser un sol para alguien. Dentro de una
galaxia hay estrellas y mundos y quizás también una proliferación de seres
vivientes y de seres inteligentes y de civilizaciones que navegan por el espacio.
Pero desde lejos una galaxia me recuerda más una colección de objetos
cariñosamente recogidos: quizás de conchas marinas, o de @orales,
producciones de la naturaleza en su incesante labor durante eones en el océano
cósmico.
Hay unos cientos de miles de millones de galaxias (1 0 cada una con un
promedio de un centenar de miles de millones de estrellas. Es posible que en
todas las galaxias haya tantos planetas como estrellas,1011 x 1011 = 1022, diez
mil millones de billones. Ante estas cifras tan sobrecogedoras, ¿cuál es la
probabilidad de que una estrella ordinaria, el Sol, vaya acompañada por un
planeta habitado? ¿Por qué seríamos nosotros los afortunados, medio
escondidos en un rincón olvidado del Cosmos? A mí se me antoja mucho más
probable que el universo rebose de vida. Pero nosotros, los hombres, todavía lo
ignoramos. Apenas estamos empezando nuestras exploraciones. Desde estos
ocho mil millones de años luz de distancia tenemos grandes dificultades en
distinguir el cúmulo dentro del cual está incrustada nuestra galaxia Vía Láctea, y
mucho mayores son para distinguir el Sol o la Tierra. El único planeta que
sabemos seguro que está habitado es un diminuto grano de roca y de metal, que
brilla débilmente gracias a la luz que refleja del Sol, y que a esta distancia se ha
esfumado totalmente.
Pero ahora nuestro viaje nos lleva a lo que los astrónomos de la Tierra llaman
con gusto el Grupo Local de galaxias. Tiene una envergadura de varios millones
de años luz y se compone de una veintena de galaxias. Es un cúmulo disperso,
oscuro y sin pretensiones. Una de estas galaxias es M3 1, que vista desde la
Tierra está en la constelación de Andrómeda. Es, como las demás galaxias
espirales, una gran rueda de estrellas, gas y polvo. M31 tiene dos satélites
pequeños, galaxias elípticas enanas unidas a ella por la gravedad, por las
mismas leyes de la física que tienden a mantenerme sentado en mi butaca. Las
leyes de la naturaleza son las mismas en todo el Cosmos. Estamos ahora a dos
millones de años luz de casa.
Más allá de M31 hay otra galaxia muy semejante, la nuestra, con sus brazos en
espiral que van girando lentamente, una vez cada 250 millones de años. Ahora, a
cuarenta mil años luz de casa, nos encontramos cayendo hacia la gran masa del
centro de la Vía Láctea. Pero si queremos encontrar la Tierra, tenemos que
redirigir nuestro curso hacia las afueras lejanas de la galaxia, hacia un punto
oscuro cerca del borde de un distante brazo espiral.
La impresión dominante, incluso entre los brazos en espiral, es la de un río de
estrellas pasando por nuestro lado: un gran conjunto de estrellas que generan
exquisitamente su propia luz, algunas tan delicadas como una pompa de jabón y
tan grandes que podrían contener en su interior a diez mil soles o a un billón de
tierras; otras tienen el tamaño de una pequeña ciudad y son cien billones de
veces más densas que el plomo. Algunas estrellas son solitarias, como el Sol, la
mayoría tienen compañeras. Los sistemas suelen ser dobles, con dos estrellas
orbitando una alrededor de la otra. Pero hay una gradación continua desde los
sistemas triples pasando por cúmulos sueltos de unas docenas de estrellas
hasta los grandes cúmulos globulares que resplandecen con un millón de soles.
Algunas estrellas dobles están tan próximas que se tocan y entre ellas fluye
sustancia estelar. La mayoría están separadas a la misma distancia que Júpiter
del Sol. Algunas estrellas, las supernovas, son tan brillantes como la entera
galaxia que las contiene; otras, los agujeros negros, son invisibles a unos pocos
kilómetros de distancia. Algunas resplandecen con un brillo constante; otras
parpadean de modo incierto o se encienden y se oscurecen con un ritmo
inalterable. Algunas giran con una elegancia señorial; otras dan vueltas de modo
tan frenético que se deforman y quedan oblongas. La mayoría brillan
principalmente con luz visible e infrarrojo; otras son también fuentes brillantes
de rayos X o de ondas de radio. Las estrellas azules son calientes y jóvenes; las
estrellas amarillas, convencionales y de media edad; las estrellas rojas son a
menudo ancianas o moribundas; y las estrellas blancas pequeñas o las negras
están en los estertores finales de la muerte. La Vía Láctea contiene unos 400 mil
millones de estrellas de todo tipo que se mueven con una gracia compleja y
ordenada. Hasta ahora los habitantes de la Tierra conocen de cerca, de entre
todas las estrellas, sólo una.
Cada sistema estelar es una isla en el espacio, mantenida en cuarentena
perpetua de sus vecinos por los años luz. Puedo imaginar a seres en mundos
innumerables que en su evolución van captando nuevos vislumbres de
conocimiento: en cada mundo estos seres suponen al principio que su planeta
baladí y sus pocos e insignificantes soles son todo lo que existe. Crecemos en
aislamiento. Sólo de modo lento nos vamos enseñando el Cosmos.
Algunas estrellas pueden estar rodeadas por millones de pequeños mundos
rocosos y sin vida, sistemas planetarios congelados en alguna fase primitiva de
su evolución. Quizás haya muchas estrellas que tengan sistemas planetarios
bastante parecidos al nuestro: en la periferia grandes planetas gaseosos con
anillos y lunas heladas, y más cerca del centro, mundos pequeños, calientes,
azules y blancos, cubiertos de nubes. En algunos de ellos puede haber
evolucionado vida inteligente que ha remodelado la superficie planetario con
algún enorme proyecto de ingeniería. Son nuestros hermanos y hermanas del
Cosmos. ¿Son muy distintos de nosotros? ¿Cuál es su forma, su bioquímica, su
neurobiología, su historia, su política, su ciencia, su tecnología, su arte, su
música, su religión, su filosofía? Quizás algún día trabemos conocimiento con
ellos.
Hemos llegado ya al patio de casa, a un año luz de distancia de la Tierra. Hay un
enjambre esférico de gigantescas bolas de nieve compuestas por hielo, roca y
moléculas orgánicas que rodea al Sol: son los núcleos de los cometas. De vez
en cuando el paso de una estrella provoca una pequeña sacudida gravitatoria, y
alguno de ellos se precipita amablemente hacia el sistema solar interior. Allí el
Sol lo calienta, el hielo se vaporiza y se desarrolla una hermosa cola cometaria.
Nos acercamos a los planetas de nuestro sistema: son mundos pesados,
cautivos del Sol, obligados gravitatoriamente a seguirlo en órbitas casi
circulares, y calentados principalmente por la luz solar. Plutón, cubierto por
hielo de metano y acompañado por su solitaria luna gigante, Caronte, está
iluminado por un Sol distante, que apenas destaca como un punto de luz brillante
en un cielo profundamente negro. Los mundos gaseosos gigantes, Neptuno,
Urano, Satumo la joya del sistema solar y Júpiter están todos rodeados por un
séquito de lunas heladas. En el interior de 1 la región de los planetas gaseosos y
de los icebergs en órbita están los dominios cálidos y rocosos del sistema solar
interior. Está por ejemplo Marte, el planeta rojo, con encumbrados volcanes,
grandes valles de dislocación, enormes tormentas de arena que abarcan todo el
planeta y con una pequeña probabilidad de que existan algunas formas simples
de vida. Todos los planetas están en órbita alrededor del Sol, la estrella más
próxima, un infierno de gas de hidrógeno y de helio ocupado en reacciones
termonucleares y que inunda de luz el sistema solar.
Finalmente, y acabando nuestro paseo, volvemos a nuestro mundo azul y blanco,
diminuto y frágil, perdido en un océano cósmico cuya vastitud supera nuestras
imaginaciones más audaces. Es un mundo entre una inmensidad de otros
mundos. Sólo puede tener importancia para nosotros. La Tierra es nuestro
hogar, nuestra madre. Nuestra forma de vida nació y evolucionó aquí. La
especie humana está llegando aquí a su edad adulta. Es sobre este mundo
donde desarrollamos nuestra pasión por explorar el Cosmos, y es aquí donde
estamos elaborando nuestro destino, con cierto dolor y sin garantías.
Bienvenidos al planeta Tierra: un lugar de cielos azules de nitrógeno, océanos de
agua líquida, bosques frescos y prados suaves, un mundo donde se oye de modo
evidente el murmullo de la vida. Este mundo es en la perspectiva cósmica, como
ya he dicho, conmovedoramente bello y raro; pero además es de momento único.
En todo nuestro viaje a través del espacio y del tiempo es hasta el momento el
único mundo donde sabemos con certeza que la materia del Cosmos se ha
hecho viva y consciente. Ha de. haber muchos más mundos de este tipo
esparcidos por el espacio, pero nuestra búsqueda de ellos empieza aquí, con la
sabiduría acumulada de los hombres y mujeres de nuestra especie, recogida con
un gran coste durante un millón de años. Tenemos el privilegio de vivir entre
personas brillantes y apasionadamente inquisitivas, y en una época en la que se
premia generalmente la búsqueda del conocimiento. Los seres humanos,
nacidos en definitiva de las estrellas y que de momento están habitando ahora un
mundo llamado Tierra, han iniciado el largo viaje de regreso a casa.
El descubrimiento de que la Tierra es un mundo pequeño se llevó a cabo como
tantos otros importantes descubrimientos humanos en el antiguo Oriente
próximo, en una época que algunos humanos llaman siglo tercero a. de C., en la
mayor metrópolis de aquel tiempo, la ciudad egipcia de Alejandría. Vivía allí un
hombre llamado Eratóstenes. Uno de sus envidiosos contemporáneos le apodó
Beta , la segunda letra del alfabeto griego, porque según decía Eratóstenes era
en todo el segundo mejor del mundo. Pero parece claro que Eratóstenes era
Alfa en casi todo. Fue astrónomo, historiador, geógrafo, filósofo, poeta, crítico
teatral y matemático. Los títulos de las obras que escribió van desde Astronomía
hasta Sobre la libertad ante el dolor. Fue también director de la gran Biblioteca
de Alejandría, donde un día leyó en un libro de papiro que en un puesto avanzado
de la frontera meridional, en Siena, cerca de la primera catarata del Nilo, en el
mediodía del 21 de junio un palo vertical no proyectaba sombra. En el solsticio
de verano, el día más largo del año, a medida que avanzaban las horas y se
acercaba el mediodía las sombras de las columnas del templo iban acortándose.
En el mediodía habían desaparecido. En aquel momento podía verse el Sol
reflejado en el agua en el fondo de un pozo hondo. El Sol estaba directamente
encima de las cabezas.
Era una observación que otros podrían haber ignorado con facilidad. Palos,
sombras, reflejos en pozos, la posición del Sol: ¿qué importancia podían tener
cosas tan sencillas y cotidianas? Pero Eratóstenes era un científico, y sus
conjeturas sobre estos tópicos cambiaron el mundo; en cierto sentido hicieron el
mundo. Eratóstenes tuvo la presencia de ánimo de hacer un experimento, de
observar realmente si en Alejandría los palos verticales proyectaban sombras
hacia el mediodía del 21 de junio. Y descubrió que sí lo hacían.
Eratóstenes se preguntó entonces a qué se debía que en el mismo instante un
bastón no proyectara en Siena ninguna sombra mientras que en Alejandría, a
gran distancia hacia el norte, proyectaba una sombra pronunciada. Veamos un
mapa del antiguo Egipto con dos palos verticales de igual longitud, uno clavado
en Alejandría y el otro en Siena. Supongamos que en un momento dado cada
palo no proyectara sombra alguna. El hecho se explica de modo muy fácil: basta
suponer que la tierra es plana. El Sol se encontrará entonces encima mismo de
nuestras cabezas. Si los dos palos proyectan sombras de longitud igual, la cosa
también se explica en una Tierra plana: los rayos del Sol tienen la misma
inclinación y forman el mismo ángulo con los dos palos. Pero ¿cómo explicarse
que en Siena no había sombra y al mismo tiempo en Alejandría la sombra era
considerable? (Ver pág. 16.)
Eratóstenes comprendió que la única respuesta posible es que la superficie de la
Tierra está curvada. Y no sólo esto: cuanto mayor sea la curvatura, mayor será la
diferencia entre las longitudes de las sombras. El Sol está tan lejos que sus
rayos son paralelos cuando llegan a la Tierra. Los palos situados formando
ángulos diferentes con respecto a los rayos del Sol proyectan sombras de
longitudes diferentes. La diferencia observada en las longitudes de las sombras
hacía necesario que la distancia entre Alejandría y Siena fuera de unos siete
grados a lo largo de la superficie de la Tierra; es decir que si imaginamos los
palos prolongados hasta llegar al centro de la Tierra, formarán allí un ángulo de
siete grados. Siete grados es aproximadamente una cincuentava parte de los
trescientos sesenta grados que contiene la circunferencia entera de la Tierra.
Eratóstenes sabía que la distancia entre Alejandría y Siena era de unos 800
kilómetros, porque contrató a un hombre para que lo midiera a pasos.
Ochocientos kilómetros por 50 dan 40 000 kilómetros: ésta debía ser pues la
circunferencia de la Tierra.
Ésta es la respuesta correcta. Las únicas herramientas de Eratóstenes fueron
palos, ojos, pies y cerebros, y además el gusto por la experimentación. Con
estos elementos dedujo la circunferencia de la Tierra con un error de sólo unas
partes por ciento, lo que constituye un logro notable hace 2 200 años. Fue la
primera persona que midió con precisión el tamaño de un planeta.
El mundo mediterráneo de aquella época tenia fama por sus navegaciones.
Alejandría era el mayor puerto de mar del planeta. Sabiendo ya que la Tierra era
una esfera de dimensiones modestas, ¿no iba a sentir nadie la tentación de
emprender viajes de exploración, de buscar tierras todavía sin descubrir, quizás
incluso de intentar una vuelta en barco a todo el planeta? Cuatrocientos años
antes de Eratóstenes, una flota fenicia contratada por el faraón egipcio Necao
había circunnavegado África. Se hicieron a la mar en la orilla del mar Rojo,
probablemente en botes frágiles y abiertos, bajaron por la costa orienta¡ de
África, subieron luego por el Atlántico, y regresaron finalmente a través del
Mediterráneo. Esta expedición épica les ocupó tres años, casi el mismo tiempo
que tarda una moderna nave espacial Voyager en volar de la Tierra a Satumo.
Después del descubrimiento de Eratóstenes, marineros audaces y aventurados
intentaron muchos grandes viajes. Sus naves eran diminutas. Disponían
únicamente de instrumentos rudimentarios de navegación. Navegaban por
estima y seguían siempre que podían la línea costera. En un océano
desconocido podían determinar su latitud, pero no su longitud, observando
noche tras noche la posición de las constelaciones con relación al horizonte.
Las constelaciones familiares eran sin duda un elemento tranquilizador en medio
de un océano inexplorado. Las estrellas son las amigas de los exploradores,
antes cuando las naves navegaban sobre la Tierra y ahora que las naves
espaciales navegan por el cielo. Después de Eratóstenes es posible que hubiera
algunos intentos, pero hasta la época de Magallanes nadie consiguió
circunnavegar la Tierra. ¿Qué historias de audacia y de aventura debieron llegar
a contarse mientras los marineros y los navegantes, hombres prácticos del
mundo, ponían en juego sus vidas dando fe a las matemáticas de un científico de
Alejandría?
En la época de Eratóstenes se construyeron globos que representaban a la Tierra
vista desde el espacio; eran esencialmente correctos en su descripción del
Mediterráneo, una región bien explorada, pero se hacían cada vez más inexactos
a medida que se alejaban de casa. Nuestro actual conocimiento del Cosmos
repite este rasgo desagradable pero inevitable. En el siglo primero, el geógrafo
alejandrino Estrabón escribió:
Quienes han regresado de un intento de circunnavegar la Tierra no dicen que se
lo haya impedido la presencia de un continente en su camino, porque el mar se
mantenía perfectamente abierto, sino más bien la falta de decisión y la escasez
de provisiones… Eratóstenes dice que a no ser por el obstáculo que representa la
extensión del océano Atlántico, podría llegar fácilmente por mar de Iberia a la
India… Es muy posible que en la zona templada haya una o dos tierras
habitables… De hecho si [esta otra parte del mundo] está habitada, no lo está por
personas como las que existen en nuestras partes, y deberíamos considerarlo
como otro mundo habitado.
El hombre empezaba a aventurarse, en el sentido casi exacto de la palabra, por
otros mundos.
La exploración subsiguiente de la Tierra fue una empresa mundial, incluyendo
viajes de ¡da y vuelta a China y Polinesia. La culminación fue sin duda el
descubrimiento de América por Cristóbal Colón, y los viajes de los siglos
siguientes, que completaron la exploración geográfica de la Tierra. El primer
viaje de Colón está relacionado del modo más directo con los cálculos de
Eratóstenes. Colón estaba fascinado por lo que llamaba la Empresa de la Indias
, un proyecto para llegar al Japón, China y la India, no siguiendo la costa de
África y navegando hacia el Oriente, sino lanzándose audazmente dentro del
desconocido océano occidental; o bien como Eratóstenes había dicho con
asombrosa preciencia: pasando por mar de Iberia a la India .
Colón había sido un vendedor ambulante de mapas viejos y un lector asiduo de
libros escritos por antiguos geógrafos, como Eratóstenes, Estrabón y Tolomeo, o
de libros que trataran de ellos. Pero para que la Empresa de las Indias fuera
posible, para que las naves y sus tripulaciones sobrevivieran al largo viaje, la
Tierra tenía que ser más pequeña de lo que Eratóstenes había dicho. Por lo tanto
Colón hizo trampa con sus cálculos, como indicó muy correctamente la facultad
de la Universidad de Salamanca que los examinó. Utilizó la menor circunferencia
posible de la Tierra y la mayor extensión hacia el este de Asia que pudo
encontrar en todos los libros de que disponía, y luego exageró incluso estas
cifras. De no haber estado las Américas en medio del camino, las expediciones
de Colón habrían fracasado rotundamente.
La Tierra está en la actualidad explorada completamente. Ya no puede prometer
nuevos continentes o tierras perdidas. Pero la tecnología que nos permitió
explorar y habitar las regiones más remotas de la Tierra nos permite ahora
abandonar nuestro planeta, aventuramos en el espacio y explorar otros mundos.
Al abandonar la Tierra estamos en disposición de observarla desde lo alto, de ver
su forma esférica sólida, de dimensiones eratosténicas, y los perfiles de sus
continentes, confirmando que muchos de los antiguos cartógrafos eran de una
notable competencia. ‘Qué satisfacción habrían dado estas imágenes a
Eratóstenes y a los demás geógrafos alejandrinos! Fue en Alejandría, durante los
seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 a. de C., cuando los seres
humanos emprendieron, en un sentido básico, la aventura intelectual que nos ha
llevado a las orillas del espacio. Pero no queda nada del paisaje y de las
sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol. La opresión y el miedo al
saber han arrasado casi todos los recuerdos de la antigua Alejandría. Su
población tenía una maravillosa diversidad. Soldados macedonios y más tarde
romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios,
mercaderes judíos, visitantes de la India y del África subsahariana todos ellos,
excepto la vasta población de esclavos vivían juntos en armonía y respeto mutuo
durante la mayor parte del período que marca la grandeza de Alejandría.
La ciudad fue fundada por Alejandro Magno y construida por su antigua guardia
personal. Alejandro estimuló el respeto por las culturas extrañas y una
búsqueda sin prejuicios del conocimiento. Según la tradición y no nos importa
mucho que esto fuera o no cierto se sumergió debajo del mar Rojo en la primera
campana de inmersión del mundo. Animó a sus generales y soldados a que se
casaran con mujeres persas e indias. Respetaba los dioses de las demás
naciones. Coleccionó formas de vida exóticas, entre ellas un elefante destinado
a su maestro Aristóteles. Su ciudad estaba construida a una escala suntuosa,
porque tenía que ser el centro mundial del comercio, de la cultura y del saber.
Estaba adornada con amplias avenidas de treinta metros de ancho, con una
arquitectura y una estatuaria elegante, con la tumba monumental de Alejandro y
con un enorme faro, el Faros, una de las siete maravillas del mundo antiguo.
Pero la maravilla mayor de Alejandría era su biblioteca y su correspondiente
museo (en sentido literal, una institución dedicada a las especialidades de las
Nueve Musas). De esta biblioteca legendaria lo máximo que sobrevive hoy en día
es un sótano húmedo y olvidado del Serapeo, el anexo de la biblioteca,
primitivamente un templo que fue reconsagrado al conocimiento. Unos pocos
estantes enmohecidos pueden ser sus únicos restos físicos. Sin embargo, este
lugar fue en su época el cerebro y la gloria de la mayor ciudad del planeta, el
primer auténtico instituto de investigación de la historia del mundo. Los eruditos
de la biblioteca estudiaban el Cosmos entero. Cosmos es una palabra griega que
significa el orden del universo. Es en cierto modo lo opuesto a Caos. Presupone
el carácter profundamente interrelacionado de todas las cosas. Inspira
admiración ante la intrincada y sutil construcción del universo. Había en la
biblioteca una comunidad de eruditos que exploraban la física, la literatura, la
medicina, la astronomía, la geografía, la filosofía, las matemáticas, la biología y la
ingeniería. La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El genio
florecía en aquellas salas: La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde los
hombres reunieron por primera vez de modo serio y sistemático el conocimiento
del mundo.
Además de Eratóstenes, hubo el astrónomo Hiparco, que ordenó el mapa de las
constelaciones y estimó el brillo de las estrellas; Euclides, que sistematizó de
modo brillante la geometría y que en cierta ocasión dijo a su rey, que luchaba con
un difícil problema matemático: no hay un camino real hacia la geometría ;
Dionisio de Tracia, el hombre que definió las partes del discurso y que hizo en el
estudio del lenguaje lo que Euclides hizo en la geometría; Herófilo, el fisiólogo
que estableció, de modo seguro, que es el cerebro y no el corazón la sede de la
inteligencia; Herón de Alejandría, inventor de cajas de engranajes y de aparatos
de vapor, y autor de autómata, la primera obra sobre robots; Apolonio de
Pérgamo, el matemático que demostró las formas de las secciones cónicas 2
elipse, parábola e hipérbola, las curvas que como sabemos actualmente siguen
en sus órbitas los planetas, los cometas y las estrellas; Arquímedes, el mayor
genio mecánico hasta Leonardo de Vine¡; y el astrónomo y geógrafo Tolomeo,
que compiló gran parte de lo que es hoy la seudociencia de la astrología: su
universo centrado en la Tierra estuvo en boga durante 1500 años, lo que nos
recuerda que la capacidad intelectual no constituye una garantía contra los
yerros descomunales. Y entre estos grandes hombres hubo una gran mujer,
Hipatia, matemática y astrónomo, la última lumbrera de la biblioteca, cuyo
martirio estuvo ligado a la destrucción de la biblioteca siete siglos después de su
fundación, historia a la cual volveremos.
Los reyes griegos de Egipto que sucedieron a Alejandro tenían ideas muy serias
sobre el saber. Apoyaron durante siglos la investigación y mantuvieron la
biblioteca para que ofreciera un ambiente adecuado de trabajo a las mejores
mentes de la época. La biblioteca constaba de diez grandes salas de
investigación, cada una dedicada a un tema distinto; había fuentes y columnatas,
jardines botánicos, un zoo, salas de disección, un observatorio, y una gran sala
comedor donde se llevaban a cabo con toda libertad las discusiones críticas de
las ideas.
El núcleo de la biblioteca era su colección de libros. Los organizadores
escudriñaron todas las culturas y lenguajes del mundo. Enviaban agentes al
exterior para comprar bibliotecas. Los buques de comercio que arribaban a
Alejandría eran registrados por la policía, y no en busca de contrabando, sino de
libros. Los rollos eran confiscados, copiados y devueltos luego a sus
propietarios. Es difícil de estimar el número preciso de libros, pero parece
probable que la biblioteca contuviera medio millón de volúmenes, cada uno de
ellos un rollo de papiro escrito a mano. ¿Qué destino tuvieron todos estos
libros? La civilización clásica que los creó acabó desintegrándose y la biblioteca
fue destruida deliberadamente. Sólo sobrevivió una pequeña fracción de sus
obras, junto con unos pocos y patéticos fragmentos dispersos. Y qué tentadores
son estos restos y fragmentos. Sabemos por ejemplo que en los estantes de la
biblioteca había una obra del astrónomo Aristarco de Samos quien sostenía que
la Tierra es uno de los planetas, que órbita el Sol como ellos, y que las estrellas
están a una enorme distancia de nosotros. Cada una de estas conclusiones es
totalmente correcta, pero tuvimos que esperar casi dos mil años para
redescubrirlas. Si multiplicamos por cien mil nuestra sensación de privación por
la pérdida de esta obra de Aristarco empezaremos a apreciar la grandeza de los
logros de la civilización clásica y la tragedia de su destrucción.
Hemos superado en mucho la ciencia que el mundo antiguo conocía, pero hay
lagunas irreparables en nuestros conocimientos históricos. Imaginemos los
misterios que podríamos resolver sobre nuestro pasado si dispusiéramos de una
tadeta de lector para la Biblioteca de Alejandría. Sabemos que había una historia
del mundo en tres volúmenes, perdida actualmente, de un sacerdote babilonio
llamado Beroso. El primer volumen se ocupaba del intervalo desde la Creación
hasta el Diluvio, un período al cual atribuyó una duración de 432 000 años, es
decir cien veces más que la cronología del Antiguo Testamento. Me pregunto
cuál era su contenido.

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